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Fantasear y hacer un poco de introspección puede tener un impacto muy positivo en nuestra autoestima y, a la vez, mejorar nuestra vida sexual. En este relato, continúo confesando otras de mis fantasías más íntimas.

En mi relato anterior, compartí con ustedes la historia de los ejercicios que la sexóloga me dio como tarea para que el disfrute sexual fluyera más naturalmente. Hacer un poco de introspección y visualizar mis fantasías cargándolas de detalles me ayudó mucho a conectar más con mi libido y vencer algunos miedos.

Fantasear es fundamental para estimular nuestro órgano sexual más poderoso: el cerebro. Además, dejar volar la imaginación nos permite vivenciar experiencias que no serían posibles en el plano de la realidad, pero que en la intimidad de nuestra representación mental pueden resultar igual de placenteras. Lo fabuloso de las fantasías es que la imaginación no tiene límites, allí podemos ser completamente libres y nadie puede juzgarnos.

Tener fantasías, por más inverosímiles que parezcan, es muy sano y natural. Incluso, muchas veces resultan contrarias a las creencias o a la escala de valores de quien las evoca, pero al quedar relegadas a la imaginación, no producen ninguna consecuencia negativa. En esta entrega del blog, sigo contándoles algunas de las fantasías que me ayudan a entrar en onda y disfrutar del sexo más intensamente:

Sexo con un extraño

En ocasiones ronda por mi cabeza una idea un tanto peligrosa para los tiempos que corren. Esta es otra de esas fantasías que dudo mucho que podría concretar en la práctica, pero que se siente muy bien cuando la represento en mi mente. Me imagino en una fiesta o una disco, la música suena muy fuerte y yo estoy bailando con mi grupo de amigas. Tengo puestos mis stilettos negros con punteras doradas y un vestido corto rojo. Debajo de la falda con vuelo no llevo nada; esa noche he decidido no usar ropa interior. Me gusta la sensación de libertad que me da tener la concha al aire.

En un momento determinado, hago contacto visual con un chico muy lindo. Es atlético, tiene la espalda ancha y brazos tonificados. Se empieza a acercar y pronto quedamos frente a frente. Comenzamos a bailar juntos y nos vamos aproximando más hasta que su torso se pega al mío. La conexión entre los dos es evidente, es como si un imán invisible nos atrajera el uno hacia el otro, pero ese magnetismo es puramente físico.

Mis pezones se endurecen, se paran al percibir el roce con los pectorales del chico a través de su camisa. Yo solo quiero desabrochársela y sacarme el vestido para apoyar mis tetas sobre su piel y sentir su calor. Mi concha hierve y la presiono contra su cuerpo para frotarme contra su erección. Puedo sentir su pija grande y dura invitándome a montarme sobre ella; solamente nuestras ropas impiden que me la meta adentro, en lo más profundo de mi ser.

No me importa saber su nombre, ni conocer su historia. No quiero ser su amiga ni mucho menos su novia. Solo sé que me muero de ganas de tener sexo con un completo extraño y todos mis sentidos me indican que él también está dispuesto. Nos une la calentura, estamos poseídos por el deseo.

Pasar a la acción

Lo beso intensamente, le muerdo el labio inferior y le pido al oído que me acompañe. Sin dudarlo, él me sigue y lo llevo hacia la salida de emergencia para pasar a la acción. Cruzamos la puerta y, allí mismo, en el descanso de la escalera, él me levanta la falda y desliza sus manos suavemente por la cara interior de mis piernas. Llega hasta mi concha y nota que no tengo puesta la bombacha; sus ojos brillan y me sonríe. Me mete los dedos en la vagina y los mueve hacia adentro y afuera vigorosamente como a mi tanto me gusta. Todo mi cuerpo exuda lujuria y desenfreno.

Me descubre las tetas y hunde su cara entre ellas. Aprieta decididamente una con cada mano y las succiona. Recorre la punta de mis pezones con su lengua y luego los muerde de lleno. Parece que quisiera arrancármelos con sus mordiscos y yo le pido que no se detenga; sus juegos me excitan mucho. Me mojo aún más y mis gemidos le indican que ya estoy lista. Me toma de las caderas y me alza a upa suyo, colocando mi espalda contra la pared como apoyo. La piel se me eriza, mi pecho desnudo queda convenientemente alineado al nivel de su boca y yo presiono mis tetas desde los costados con los brazos para acercarlas entre sí y ofrecérselas más tentadoramente. Quiero que las devore. Él me las vuelve a lamer mientras yo rodeo su cintura con mis piernas y me aferro de sus dorsales con las manos.

Al mismo tiempo, él introduce su pene en mí; lo siento deslizarse firme y venoso dentro de mi vagina caliente y sedienta de pija. La mete y la saca vigorosamente y yo quiero que se quede a vivir ahí para siempre, que no se vaya nunca más.

Un fuego abrasador

Me coge alzada contra la pared y yo me siento una perra en celo. Me gozo cada clavada como si fuera la última. Mi ritmo cardíaco se acelera y mi respiración se hace más profunda. Con cada movimiento de mis caderas recorro su pito de principio a fin con mi concha. Nuestros cuerpos entrelazados arden.

Un fuego abrasador y un cosquilleo agradable brotan desde lo más profundo de mi ser, intensificándose poco a poco e invadiendo todos los rincones de mi cuerpo. Un escalofrío me recorre la espalda y mi vagina se empieza a contraer con espasmos excitantes. Puedo sentir que estoy alcanzando el clímax a medida que mi clítoris comienza a palpitar. Lanzo un gran gemido final y acabamos juntos, jadeando y mirándonos a los ojos.

Él me baja delicadamente, nos acomodamos la ropa, abre la puerta de emergencia y me ofrece el paso. Algunas cosas son tan buenas que intentar reproducirlas no tiene sentido porque nunca podrán alcanzar la perfección de la vez original. Los dos lo entendemos perfectamente y cada uno se va por su lado sin decirle nada al otro. Nunca más volvemos a vernos y eso me encanta.

Te dejo unos videos por si te ayuda a visualizarlo. 

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