Mis primeras sesiones con la sexóloga me resultaron incomodísimas. Ya desde el viaje en tren al consultorio, me recorría todo el cuerpo una sensación de ansiedad porque sabía que encarar esta terapia sólo tenía sentido si estaba dispuesta a ser realmente sincera y abierta para enfrentarme a mis peores temores: admitir frente a otro ser humano que nunca había tenido un orgasmo y que le había mentido a muchas personas al respecto… 

Derribando mis propios tabúes y prejuicios: Esto me causaba una profunda vergüenza, significaba bajar la guardia, quedar expuesta y mostrarme tal cual era. Venía fingiendo hacía mucho tiempo y terminé por acostumbrarme a que eso era todo lo que el sexo podía ser para mí, básicamente porque llegué a un punto en que me resigné a que el placer no estaba en mis cartas, no era para mí, yo era anormal o frígida y punto. 

No pude evitar llorar cuando le conté todo esto a la sexóloga y lo primero que sentí fue mucho alivio, como si me hubiera sacado un gran peso de encima. Ella me aseguró que yo no estaba sola, que lo que me pasaba a mí era bastante más común de lo que yo pensaba y que a menos que una persona sufriera un parálisis extrema, no había impedimento físico para que yo pudiera disfrutar del placer. 

Todo estaba en mi cabeza, el deseo estaba ahí, pero adormecido y tenía que vencer mandatos familiares, tabúes y mis propios prejuicios para despertarlo. Para eso, desde el principio, me puso dos tareas: tenía que empezar a tocarme y a ver porno. Esto era fundamental para conocerme a mí misma, saber qué era lo que me podía excitar, generar deseo, ganas de experimentar, ganas de coger…

La verdad es que yo no me masturbaba ni miraba porno. Sí, es increíble, lo sé, pero estaba tan frustrada que verdaderamente no me daban ganas, me parecía una pérdida de tiempo total. Cuando estaba con algún chico o novio, además de no disfrutar nada, tenía que ponerme a actuar y la verdad que coger de esa manera ya me resultaba una carga. No me interesaba generar ninguna situación de frustración extra, así que cuando tenía algún rato sola, prefería hacer cualquier otra cosa. Ni en pedo pensaba en tocarme o juguetear, lo único que quería hacer era descansar del fastidio que era el sexo para mí. 

Volviendo a la tarea para el hogar, las primeras veces, más o menos tuve que obligarme a encarar el tema porque sentía que estaba destinada al fracaso, pero por suerte en poco tiempo pude comprobar que estaba muy equivocada. 

Por un lado, tenía que encontrar alguna clase de porno que me gustara, que me hiciera calentar en vez de causarme risa, porque todo me parecía demasiado exagerado, demasiado mal actuado… o directamente muy destinado al público masculino o al público torteril. Por otro lado, tenía que masturbarme, tocarme, acariciarme sin sentir aburrimiento o frustración. 

En algún punto de toda esta búsqueda, se me ocurrió patear el tablero y hacer algo totalmente impensado para mí. Si nunca me había pajeado exitosamente, tal vez podía deberse a que realmente no supiera cómo hacerlo bien… ¿Por qué no entonces buscar videos de chicas que se mostraran masturbándose? Tal vez, podía observar y aprender, copiar alguna “técnica” y -de paso- derribar mis propios prejuicios y tabúes. Nunca antes se me había cruzado por la cabeza mirar mujeres en bolas pajeándose -a mí me atraían los hombres-, pero para ser justos, tampoco me había interesado mucho mirar ningún tipo de porno.      

Así que eso hice. Empecé a explorar la sección “girl solo” cliqueando videos de chicas comunes, incluso parecidas a mi físicamente, no porno stars. Quería ver a alguien con quien me pudiera identificar, que no estuviera sobreactuando en forma evidente. En eso, yo ya tenía experiencia de sobra… Entonces, un día encontré un video de una chica brasileña de unos veintipico. Piel dorada por el sol, pelo negro largo y brillante, atado en una cola de caballo. Ella estaba sola en un lugar al aire libre, como pasando un día de campo, recostada sobre una manta extendida en el pasto, despreocupada, relajada y cómoda consigo misma… todo lo que yo quería ser… Ahí mismo decidí que ese podía ser un buen ejemplo a seguir.

Me saqué la blusa y el jean, y me quedé en ropa interior tal como ella. Me recosté sobre mi cama en su misma postura y empecé a imitar todos sus movimientos. La chica recorría todo su cuerpo con sus manos, acariciaba sus curvas, pasaba sus dedos por sus pezones y genuinamente parecía estar disfrutándolo. Yo copié cada una de sus acciones al pie de la letra, incluso sus gestos, deseado pasarla tan bien como ella, mirarla era hipnótico… 

Estrujé mis tetas con una mano por sobre mi corpiño de encaje negro, apreté suavemente mis pezones, aflojé la presión, los volví a apretar y soltar varias veces. Llevé mi otra mano dentro de mi bombacha y empecé a tocar toda la zona. Frotaba lentamente mi concha recorriendo con mis dedos desde el monte de venus hasta mis labios externos e internos una y otra vez.

Ahí pude notar que empezaba a mojarme y usé esa lubricación para frotarme más fluidamente y masajearme el clítoris. Vi que mi maestra usaba la punta de sus dedos haciendo un rápido movimiento circular con una mano para excitarlo. Con la otra, al mismo tiempo, abría su índice y dedo mayor en una V y se separaba los labios. Yo hice exactamente lo mismo y descubrí que la sensación mejoraba. No estaba estallando del disfrute, pero todo esto era agradable y me ponía feliz comprobar que yo no era de madera. 

Me di cuenta que me gustaba escuchar sus gemidos y ver sus gestos de placer. No era solamente su cara, todo su cuerpo se contorneaba y estremecía de excitación y yo quería ser así, igual a ella. Subí el volumen del video para no oír ninguna otra cosa más, quería compenetrarme con eso, quería mimetizarme con sus sensaciones, quería ser poseída por el deseo. 

Y así, cuando menos lo esperaba, mientras estaba poniendo toda mi energía en tratar de ser como alguien más, por primera vez pude ser auténticamente yo en el sexo y llegar a un orgasmo. Fueron apenas unos instantes, pero mi respiración se hizo involuntariamente más profunda y sentí la necesidad de soltar un gemido, el primer gemido verdadero de mi vida. Entonces sentí una mini explosión en lo más profundo de mi ser y espasmos deliciosos en la concha que se ramificaban por mis piernas hasta la punta de mis pies. Mi vagina quedó latiendo por un rato. 

Después de eso, me fui a dormir con una de las mayores sensaciones de relax y alivio de mi vida. Al día de hoy, creo que nunca más volví a sentir un alivio así… Había logrado deshacerme de mi vergüenza, había podido soltar mis frustraciones y al fin había conocido la gloria del goce. Y este solamente era el principio… 

Derribando mis propios tabúes y prejuicios

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3 COMENTARIOS

  1. Tu relato me hizo acordar a mi primer novia y sus frustraciones y lo que me costó que venviera sus prejuicios y por fin pudo llegar a un orgasmo.
    Muy bueno

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